viernes, 21 de junio de 2013

La imposibilidad de combatir el cambio climático

CREDITO: 
Gabriel Quadri de la Torre
La comunidad internacional será incapaz de construir algún régimen eficaz para contener las emisiones de Gases de Efecto Invernadero. No es un problema de falta de ciencia. Salvo autores extravagantes, nadie cuestiona la inducción humana del calentamiento global. Las consecuencias, si bien envueltas en un velo probabilístico, serán muy graves, incluso catastróficas. Sin embargo, la humanidad está paralizada y al parecer así se mantendrá hacia el futuro previsible.
Se trata de nuestra imposibilidad de emprender acciones colectivas con una visión a largo plazo; en este caso, en favor de un bien público por antonomasia: la estabilidad climática del planeta. Son varias las razones que explican un fracaso que ya se ha extendido durante más de 20 años.
Descontar el futuro es algo inherente a la psicología humana, esto es, darle un peso o importancia cada vez menor a los acontecimientos conforme se alejan en el tiempo; el largo plazo importa poco en las decisiones individuales, de empresas y gobiernos. Técnicamente decimos que nuestras tasas de descuento son muy elevadas. Cualquier evento, por muy costoso que sea, si ocurre dentro de 100 años, traído al día de hoy a valor presente con una tasa de descuento de unos cuantos puntos porcentuales no tendrá ninguna magnitud relevante.
Por ello, el cambio climático (aunque ponga en riesgo el desarrollo de la humanidad y a la biósfera como la conocemos) en realidad, no merece para nosotros emprender acciones colectivas complejas y onerosas, tampoco, ingresar con pleno derecho como interés público genuino, más allá del discurso políticamente correcto. Como consumidores, electores y ciudadanos, no estamos dispuestos a ceder unos pesos, o parte de nuestro estilo de vida, a cambio de asegurar la estabilidad climática del planeta, que es algo difuso en el tiempo y en el espacio. Por tanto, los gobiernos tampoco están dispuestos a violentar el statu quo.

Eliminar o reducir significativamente las tasas de descuento en las mentes individuales y en decisiones públicas será, en cualquier escenario, una tarea ardua y de muy largo aliento. Y sin esto, nada en el ámbito de la contención del calentamiento global será políticamente viable en democracias representativas o incluso en sistemas autoritarios (como China) donde el gobierno interpreta a su modo el interés público.
Por otro lado, quedará siempre el formidable problema de emprender una acción colectiva exitosa a escala internacional. Y resolverlo, hoy parece muy remoto dado el nuevo equilibrio global de poder, el cual se asocia con el derrumbe de capacidades multilaterales de acuerdo y coordinación.
Esto se observa en casi todos los terrenos; desarme nuclear, seguridad, océanos, derechos humanos, comercio. La inacción en materia climática sólo añade incertidumbre y desconfianza, y hace que la acción colectiva y la coordinación sean más costosas e improbables.
Ningún país es capaz ahora de plantear y empujar una agenda climática coherente y eficaz; vaya, ni Europa, que por ejemplo sucumbe a los intereses agroindustriales, en efecto, utiliza biocombustibles, aunque implique arrasar con millones de hectáreas de bosques tropicales en el sudeste de Asia y multiplicar las emisiones de Gases de Efecto Invernadero.
Las Naciones Unidas, personificadas en este caso en la Convención Marco de Cambio Climático (UNFCCC) es presa de una esclerosis burocrática terminal; el G-20 está atrapado en un tumulto de intereses encontrados y en conflicto; mientras que el G-7 y el G-8 carecen de liderazgo y energía para protagonizar un nuevo capítulo en políticas de cambio climático. Los roles de Estados Unidos y de China (los mayores contaminadores del mundo) son confusos, antagónicos e incluso retardatarios. En fin, abundante materia prima para el pesimismo.
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