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jueves, 29 de septiembre de 2011

¿Qué es una ley de cambio climático? Unos presupuestos de carbono

Si todos los ciudadanos tienen derecho el acceso a un bien escaso como las emisiones de carbono, lo más equitativo y justo es distribuir ejercicio de este bien por medio de cuotas personales

Artículos | 24/09/2011 - 13:08h

El congreso insta al gobierno elaborar una ley de cambio climático. ES lo que se desprende de la aprobación de los trabajos de la comisión temporal mixta de congreso y senado para el estudio de cambio climático que contiene 101 medidas. ¿No aprueba el gobierno leyes sobre esta materia?

Sorprende que él único partido que la tenía en el programa electoral una “ley de lucha contra el cambio climático”, el PP, se haya abstenido. José Blanco respondía, a la propuesta del PP en 2008 preguntando si el primo de Rajoy no le advirtió que hay leyes de cambio climático aprobadas. En su voto particular el PP considera que, ante las condiciones económicas, son medidas en ningún caso deben aplicarse; al tiempo, consideran que ya forman parte de distintas estrategias de eficiencia energética o cambio climático. Un drástico viraje.
La ley de cambio climático se refiere a algo mucho más concreto. El parlamento del Reino Unido aprobó, tras un largo debate, la ley de cambio climático. El precedente de dicha ley del clima fue aprobado por Arnold Schwarzenegger gobernador de California. David Miliband, con esta ley, quería convertir Reino Unidos el primer país con objetivos jurídicamente vinculantes. Empresas, administraciones y ciudadanos gestionen sus propios “presupuestos de carbono“ (carbon budget). ¿Cómo funciona, qué significa para qué sirven?

En lugar de una tasa al transporte aéreo, que hace prohibitivo volar para sectores no pudientes; distribuir el derecho de tomar el avión. Quien supera los créditos de CO2, que comporta volar, debe de comprar estos a quien use menos el transporte aéreo. Si todos los ciudadanos tienen el derecho al escaso de un bien común y escaso como las emisiones de carbono, lo más equitativo y justo es distribuir el ejercicio de este bien por medio de cuotas personales. Las administraciones y empresas deberían acudir a la subastas de estas cuotas. No sería el mercado el que excluye el acceso a un bien común. Además de una medida eficiente y eficaz, tiene un componente de equidad.

Imaginemos estamos en 2015. Llenamos el depósito de gasolina, pagamos su precio en euros. La novedad es que nos descontará 2,2 kilos de CO2 por libro de gasolina de nuestra “visa de carbono”. Quien desarrolle formas de vida baja en carbono, no agote sus créditos de CO2, podría convertir este en dinero. Las tres E: eficiente, eficaz y equitativo.

Más que una idea ambiciosa es una propuesta visionaria. Si hace dos décadas se hubiera propuesto pagar con tarjeta de crédito, comprar por internet, o comunicarnos a través de redes sociales, hubiéramos considerado de ilusas dichas ideas. Hoy si falla cualquiera de estas cosas tendríamos un serio problema para organizar nuestra vida.

¿Es una propuesta visionaria? Al final de la Gran Depresión de los años 30 se aplicó “cartillas de racionamiento”. Gordon Brown no la vio viable. Hoy existen las tecnologías que no existían hace 80 años. Tyndall Centre –que hizo los estudios para David Miliband-, con Atos Origin -que cuentan con la tecnología de las tarjetas de crédito- pusieron en macha una experiencia piloto, impulsada por Royal Society of the Arts (RSA). Mostrando la viabilidad tecnológica, económica, ambiental y social -con una positiva distribución de rentas.

La idea de cuotas personales de carbono finamente quedo fuera de la ley del cambio climático. Pero no así el concepto de “presupuestos de carbono”. Es lo que está en el corazón de la ley del clima que el congreso insta aprobar al gobierno. ¿Qué aportan los “presupuestos de carbono”? Los gobiernos felizmente fijan objetivos y dolorosamente los (in)cumplen. Un presupuesto, en cambio, es una gestión rigurosa de los bienes públicos. ES lo más relevante de las propuestas de la comisión mixta, resaltaba Fernando Moraleda (PSOE). Entre las 1010 medidas incluye una fiscalidad ecológica, la huellas de carbón de producto, etc. La sociedad para tomar decisiones estratégicas necesita horizontes amplios. Los objetivos en 2020 de un 30% de reducción de emisiones de CO2 y en 2050 un ambicioso 100% del sector energético.

De una política centrada en el detalle cotidiano intrascendente, ¿cómo se vuelve a ofrecer a los ciudadanos perspectiva de futuro? La virtud que tiene el modelo electoral Británico es el contacto de cuerpo a cuerpo con el electorado. Amigos de la Tierra con un trabajo por circunscripciones, cuestiones que de otro modo no entran en la agenda política, lograron situarlas en el centro de la política.

Amigos de la Tierra con la Embajada Británica presentaron la ley del clima aprobada en el Reino Unido; más tarde, en el Jardín Botánico -en el Retiro- se abrió el debate con distintos diputados. Quien tenga interés en el proceso deliberativo en el Reino Unido puede consultar una documento que me publico el Instituto de Estudios Fiscales (en 2010).
Se echa en falta que, quien pretende gobernar el país, no muestre una actitud ambiciosa como la exhibida por David Cameron. Propuso la creación de un comité de cambio climático que presentara al parlamento, cada año, una evaluación –independiente al gobierno- y pudiera presentar iniciativas legislativas para mejorar el funcionamiento de la Ley. No que quedó aquí. David Cameron aposto por el “Pacto Verde”, incluye desde un fondo de inversión en clima y energía, una reforma del mercado eléctrico, hasta ampliar los presupuestos de carbono. El PP está en las antípodas de sus homólogos europeos, Fernando Moraleda calificaba de “reducto del negacionismo”. No fueron los ecologistas sino la patronal (CBI) la que reclamó elevar la reducción de emisiones de carbono del 60% al 80% los objetivos para 2030. Percibía las oportunidades de las demanda de productos y servicios bajo en carbono.

Nos sobra “realidad” y nos falta “imaginación”. En este momento de cambios de patrones de consumo, emergencia de nuevos mercados bajos en carbono, enormes retos energéticos para el siglo XXI, seguimos con mensajes políticos decimonónicos.

La Facultad de Psicología de Cardiff elogia los “presupuestos de carbono”. Aún sin el potencial que da las cuotas personales. Los presupuestos de carbono, bien diseñados, pueden incidir en el cambio de las pautas de comportamiento. Ese pequeño empujón -que se insiste desde la economía del comportamiento- capaz de lograr grandes resultados.

Persisten los perjuicios que los ciudadanos no van a cambiar sus pautas de comportamiento entre la política. Supone seguir ignorando las “políticas blandas”. ¿Acaso no se ha analizado como el cambio de comportamiento nos ha llevado a espectaculares reducciones de CO2? Unos presupuestos de carbono evitan que estos cambios se hayan hecho a ciegas, sin brújula, que nos oriente hacia la sostenibilidad y busquen en ella una salida a la crisis.

Una crisis más política que economía. Si observamos que los gobiernos están más pendientes de ajustar detalles, pegados a la realidad, convirtiendo lo anecdótico en el centro de debate político. Un buen documento de una comisión presidida Jordi Sevilla, al inicio de legislatura. Esperemos que el próximo gobierno lo convierta en su hoja de ruta.

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