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viernes, 30 de enero de 2026

Suicidio y trabajo: una zona ciega de la seguridad social laboral

 Hoy, el deterioro de la salud mental y el aumento del suicidio plantean un desafío distinto, pero igualmente urgente


La tasa de suicidio en Chile alcanza hoy 10,3 por cada 100 mil habitantes, según cifras del Ministerio de Salud. En términos absolutos, esto se traduce en cerca de 2 mil personas que se quitan la vida cada año. No se trata solo de una estadística sanitaria: es un fenómeno social de enorme magnitud que interpela directamente al Estado y a sus sistemas de protección.

Sin embargo, cuando esta realidad se observa desde la seguridad social laboral, el silencio es evidente. No existen datos oficiales públicos que permitan identificar cuántos de estos suicidios tienen vinculación con el trabajo, ni tampoco mecanismos institucionales destinados a investigar esa posible relación.

Aun así, antecedentes del Servicio Médico Legal indican que en 2022 se registraron 38 muertes ocurridas en lugares de trabajo, una cifra que no puede ser leída como una anomalía estadística, sino como una señal de alerta que hoy el sistema no está preparado para interpretar.

Desde el punto de vista de la seguridad social, el Seguro Social contra Riesgos de Accidentes del Trabajo y Enfermedades Profesionales (Ley 16.744) no contempla el suicidio dentro de su cobertura. Más aún, el sistema no solo excluye su cobertura, sino que tampoco desarrolla estudios que permitan analizar si el trabajo pudo haber sido un factor determinante en estos desenlaces. Así, el suicidio queda completamente fuera del radar de la protección social laboral.

Si se quisiera incorporar esta realidad dentro del marco vigente, el suicidio debería ser reconocido como una contingencia derivada de un accidente del trabajo o de una enfermedad profesional. ¿Es esto posible?

¿Accidente del trabajo?

La respuesta inicial parece negativa. El artículo 5 de la Ley 16.744 excluye expresamente de la categoría de accidente del trabajo aquellos hechos producidos intencionalmente por la víctima. Bajo esta definición, el suicidio quedaría automáticamente fuera del sistema.

No obstante, esta frontera no es tan nítida como parece. En algunos países, procesos judiciales extensos han intentado demostrar que la persona que se suicida se encuentra en un estado mental tal que no puede ejercer una voluntad plenamente consciente, cuestionando así la noción de intencionalidad. Este camino existe, pero es complejo, caso a caso, altamente judicializado y costoso, tanto en términos humanos como institucionales.

La alternativa legislativa –modificar el artículo 5– tampoco es sencilla. Implica el desarrollo de un proyecto de ley, disponibilidad política y una discusión que fácilmente puede desviarse hacia terrenos valóricos o éticos, alejándose del foco central: la protección efectiva de la seguridad social frente a una realidad del trabajo contemporáneo.

¿Enfermedad profesional?

Existe, sin embargo, una segunda vía normativamente plausible. El artículo 7 de la Ley 16.744 define la enfermedad profesional como aquella “causada de manera directa por el ejercicio de la profesión o el trabajo que realice una persona”. Desde esta perspectiva, el suicidio podría entenderse como el desenlace de una enfermedad mental de origen laboral, siempre que se logre acreditar un nexo causal suficiente con la exposición a riesgos psicosociales en el trabajo.

En la práctica, pueden darse distintos escenarios: personas que ya habían reportado una enfermedad mental reconocida como laboral; otras cuya situación fue rechazada como generada por el trabajo; y muchas que nunca denunciaron ni visibilizaron su situación antes del desenlace. En cualquiera de estos casos, si se demuestra que el suicidio se explica por una exposición relevante a riesgos psicosociales laborales, entonces –bajo la ley vigente– el caso sí podría ser reconocido como de origen laboral.

¿Cómo avanzar?

Reconocer esta posibilidad no implica abrir la puerta a calificaciones de origen laboral automáticas ni arbitrarias. Por el contrario, exige estándares altos, estudios rigurosos y peritajes especializados. El análisis del nexo causal debería estar a cargo de especialistas acreditados en investigaciones forenses complejas de este tipo, considerando al menos antecedentes de salud, psicosociales y laborales de la persona fallecida, así como testimonios del entorno de trabajo.

Estos estudios debieran realizarse bajo modelos validados internacionalmente, normados y supervisados por la Superintendencia de Seguridad Social, entidad responsable de regular y fiscalizar el Seguro Social de Accidentes del Trabajo y Enfermedades Profesionales.

Si el análisis concluye que existe un nexo causal suficiente, el suicidio debería ser reconocido como de origen laboral, con todos los efectos que ello implica en términos de cobertura, prestaciones, responsabilidad institucional y acciones preventivas.

Una omisión que ya no es sostenible

La evidencia muestra que los suicidios han ido en aumento y que el trabajo ocupa un lugar central en la vida de las personas. En Chile, uno de cada cinco lugares de trabajo presenta un riesgo psicosocial no óptimo, según datos CEAL-SM 2024. Ignorar esta realidad es mantener una zona ciega en la seguridad social.

Además, reconocer el origen laboral de un suicidio, cuando así quede demostrado, no solo permite otorgar protección a las familias, sino que activa mecanismos de gestión preventiva en las organizaciones. Esto visualizaría la situación y obligaría a intervenir las condiciones de trabajo, contribuyendo a proteger la salud mental y la vida de todas las personas trabajadoras.

Durante la pandemia, la seguridad social fue capaz de adaptarse y reconocer el COVID-19 como enfermedad laboral cuando se acreditaba su origen ocupacional. Fue una señal clara de que el sistema podía hacerse cargo de realidad del trabajo.

Hoy, el deterioro de la salud mental y el aumento del suicidio plantean un desafío distinto, pero igualmente urgente. Si el trabajo puede enfermar y matar, la seguridad social laboral no puede seguir actuando como si no lo supiera. La pregunta ya no es si corresponde discutir esta cobertura –que debe y puede darse–, sino si estamos dispuestos, como sociedad, a asumir el costo humano, social e institucional de no hacerlo

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Fuente: https://www.elmostrador.cl/noticias/opinion/columnas/2026/01/26/suicidio-y-trabajo-una-zona-ciega-de-la-seguridad-social-laboral/

sábado, 10 de septiembre de 2011

Aspectos Legales: La seguridad social y el envejecimiento de la población en los países en desarrollo.


Fecha de la publicación: 1 de mayo de 2011


Es sabido que la esperanza de vida en los países occidentales ha aumentado en los últimos decenios y va a seguir haciéndolo. No obstante, tal vez sorprenda saber que el porcentaje de personas de edad avanzada está aumentando en los países en desarrollo con mayor rapidez que en los industrializados. En algunos casos, incluso, la esperanza de vida media en los países emergentes es superior ahora a la de los países más ricos. En la actualidad, la mayoría de las personas de edad avanzada vive en los países de renta baja, sin cobertura de pensiones. En un plazo de cincuenta años, el 80% de los mayores vivirá en estos países. 

Reportaje de Alyssa Sewlal, alumno en prácticas de la OIT.

A principios de la década de 1950 la esperanza de vida en el mundo en su conjunto era de unos 46,6 años. Se espera que en 2010-2015 sea de 68,9 años. En Asia, donde la esperanza de vida era sólo de 41,2 en el período de 1950-1955, se prevé que alcance los 70,3 años en 2010-2015. Aparte del aumento de la esperanza de vida, las tasas de natalidad han disminuido en muchas regiones del mundo, lo que ha producido un cambio demográfico en el que la población de personas mayores de 60 años aumenta de forma rápida. En todo caso, en los países en desarrollo en los que se está produciendo este envejecimiento de la población, los gobiernos con recursos limitados disponen de un plazo relativamente breve para garantizar que cuentan con eficaces regímenes de jubilación.

El caso de la India

La India constituye un ejemplo interesante, con casi 80 millones de personas de edad avanzada en la actualidad, una cifra que se prevé que aumente considerablemente en los próximos años. Los motivos de este profundo cambio demográfico son muchos, pero los avances en materia de educación, medicina, condiciones higiénicas y planificación familiar tienen mucho que ver al respecto.

Además de afectar a la duración de la vida de las personas, tales avances han modificado también algunas de las dimensiones sociales de la India, en particular, una de las más características de su cultura: el sistema de familia unida.

En India, los hijos adultos seguían viviendo tradicionalmente en la casa de los padres o de la familia política, y desempeñaban un papel importante para garantizar que éstos reciban cuidados y apoyo en la vejez.

Pero esta tradición está cambiando lentamente a medida que la economía evoluciona con rapidez, lo que deja a los mayores en una situación de especial precariedad. Dado que en la India siempre ha habido sistemas informales de apoyo a los ingresos durante la vejez apenas están extendidas las pensiones financiadas por el Estado y hasta hace poco se han denegado en gran medida a la población activa en la economía informal. Bimal Kanti Sahu, Comisario de Seguros de la Corporación Estatal de Seguros de los Empleados de la India, señala que algunos responsables políticos han propuesto la reactivación del sistema de familia unida mediante la aprobación de leyes que obliguen a los hijos adultos a hacerse cargo de sus padres y parientes de edad avanzada.1 No obstante, afirma, que tales políticas pueden en realidad agravar el problema. Otros han sugerido reforzar el requisito de que la población activa ahorre para su jubilación, ya sea en regímenes privados o públicos. Por el contrario, parece que la India tendrá que encontrar un equilibrio entre el apoyo de la familia tradicional y la autosuficiencia en forma de pensiones y otros sistemas de jubilación.

El envejecimiento: uno de los principales retos para los países en desarrollo y emergentes

El informe de la OIT elaborado para la Conferencia Internacional del Trabajo2 señala que el reto de cuidar a una población de edad avanzada cada vez más numerosa es un problema no sólo para la India, sino para otros países en rápido desarrollo de África, Asia y América Latina en los que el envejecimiento de la población va a aumentar a ritmo cada vez mayor. Al igual que en la India, significa que los recursos de estos países se van a ver sometidos a graves tensiones.

Como señala el informe, el problema se agudiza por el hecho de que un gran número de personas de edad avanzada trabaja en la economía informal y tiene un acceso escaso o nulo a regímenes contributivos de seguridad social; esto significa que debe ser prioritario abordar adecuadamente las cuestiones relacionadas con la prestación de la seguridad social.

Aunque el discurso del desarrollo se centró anteriormente en la limitación del gasto público, ahora se admite que el gasto social es realmente necesario para el crecimiento. En el informe de la Conferencia, los expertos de la OIT en seguridad social señalan que los programas de protección social bien diseñados, en especial en forma de pensiones de la seguridad social, en lugar de constituir un obstáculo para el desarrollo económico han demostrado ser «muy eficaces para prevenir la pobreza y la inseguridad social durante todo el ciclo de vida de una persona». Además, desempeñan un papel crucial como estabilizadores económicos.

En los países en desarrollo es asequible un régimen básico de protección social

Algunos economistas e instituciones financieras han afirmado que los programas de seguridad social no pueden, sencillamente, costearse en los países en desarrollo. Pero si las crisis son buenas para algo es para demostrar el gran valor que tienen las prestaciones de seguridad social y asistencia para los segmentos más vulnerables de la sociedad. Lo cierto es que, como señala el equipo de Seguridad Social de la OIT, hay un conjunto básico de medidas de protección social que resultan asequibles en la práctica totalidad de los países, con un coste –si se diseñan de forma adecuada– que representa un porcentaje relativamente reducido del PIB. Para que estos programas resulten eficaces, la clave puede estar en su aplicación gradual.

La seguridad social es desde hace tiempo un elemento característico de los países industrializados que desempeña un papel fundamental para atenuar los efectos no sólo de una serie de azares que se producen a lo largo de la vida, sino también de muchas de las crisis económicas, y que sirve para reducir de forma eficaz las desigualdades de renta. Existen sobradas razones sobre la necesidad de que los gobiernos de los países en desarrollo y emergentes organicen e instauren programas de seguridad social universal; en particular, el hecho de que, si no se toman medidas al respecto, estos países no tardarán en tener que hacer frente a un elevado número de personas de edad avanzada viviendo en la pobreza. No obstante, señala Bimal Kanti Sahu, es importante reconocer en concreto en qué medida la población de edad avanzada contribuyó en su juventud al desarrollo de sus países y a garantizar que puedan pasar el resto de sus vidas con dignidad.

1 Bimal Kanti Sahu: Mejora de la esperanza de vida y de la sostenibilidad de los regímenes de seguridad social, informe para la 6.a Conferencia Internacional de Política e Investigación en Seguridad Social, Luxemburgo, 29 de septiembre-1 de octubre de 2010.
2 OIT: Seguridad social para la justicia social y una globalización equitativa, Informe VI, Conferencia Internacional del Trabajo, 100ª reunión, Ginebra, 2011.

Presentado por el Dr Atilio Noguera